Amanece. Siento los sonidos del
viento. Desde la cima veo surgir la vida diaria. Humo de las chimeneas, batir
de paños de colores aireados al sol. Rebaños calmos van a pastar. De las cuevas
doradas salen a trabajar; los hombres a preparar la tierra, las mujeres y los
niños van al río. Cauce rojo de piedras
como ensangrentadas. El sol se refleja en ellas.
Camino hacia la iglesia a agradecer
por el nuevo día. Inclinada, me sumerjo en esa cueva dedicada al Señor. Su
imagen me recibe y alienta. Pienso en los que tallaron esa roca en su honor. Piedra
áspera, decorada de signos que perduraran en el tiempo como testigos de los
cristianos que aquí refugiamos nuestra fe. El Maestro, los Apóstoles y María,
dan sentido a la vida. Enciendo las velas y veo su luz reverberar en la roca.
Esta que nos protege. Siento su frescura
y dejo pasar las horas.
En un momento la tierra tiembla. Polvo,
arena, gritos.
— ¡Nos atacan! ¡A buscar refugio! dicen voces desesperadas.
— ¡Nos atacan! ¡A buscar refugio! dicen voces desesperadas.
Las temibles huestes de los sarracenos
llegan a aniquilarnos. ¡Los niños, los animales, todos, corremos a las cuevas!
Vamos a los tropezones. Quiero cerrar
la iglesia pero la roca es demasiado pesada para mis fuerzas.
— ¡Señor protégenos! exclamo.
— ¡Señor protégenos! exclamo.
Todos corremos a las profundidades.
Tratamos de salvarnos. Atravesamos pasadizos de cavernas porosas. ¡Hay cada vez
más oscuridad! Las cuevas se sellan.
Una nueva vida de noche eterna nos
espera en ese futuro incierto de la nueva fe.
María
Teresa Nannini
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