Pascual
cruza la Plaza San Martín mientras la ciudad se despereza y se apagan las
luces. Una penumbra suave dibuja el contorno de la Catedral. Aunque es
temprano, arrastra los pies. ¡Son tantos los años que viene subiendo y bajando las
escaleras de la Legislatura! El ascensor no es para los ordenanzas
Comenzó
a los dieciocho años barriendo los pasillos, ascendió a limpiar el recinto. Allí
conoció a muchos de los que dirigen los destinos de la gente. ¡Cuántos secretos
guarda Pascual en su memoria! Cuando pasó a servir café, sus oídos hacían
pantalla a los pactos y asociaciones. Su inteligencia innata le dijo que era
mejor ser una tumba que ser recibido por una de ellas. Su discreción hizo fama
en la Legislatura.
Sólo
hay una debilidad, una fisura, en la vida de Pascual. Todas las mañanas, luego
de su recorrida habitual, se acicala y sube a la biblioteca. Desde hace años le
tiemblan las manos cuando empuja la puerta.
Se
asoma y la ve. Es Mabel, inclinada
sobre un libro, con los cabellos cubriéndole el rostro. Pascual deposita
sobre el escritorio, el cafecito más dulce, más aromático, más tibio que
preparó en la mañana, y ella ni se entera. “El día que me mire se acabará la
magia”, piensa y sale silenciosamente,
con un peso en el alma.
La
bibliotecaria se levanta, toma el libro y lo lleva al estante, buscando que
coincida el número de la estampilla que tiene en el lomo. Encuentra el espacio
vacío y lo coloca con brusquedad. El libro choca en la madera del fondo con un
ruido seco y le devuelven el mismo sonido: Toc…toc,toc.
Se
le erizan los pelos del brazo, Mabel abre los ojos y no dice nada.”Si se enteran,
me gastan” piensa. Coloca la escalera y comienza a acomodar libros en los
anaqueles de arriba. Toma el Martín
Fierro y lo coloca: toc…toc, toc. Toma Las
mil y una noches y toc…toc, toc.
Baja
las escaleras con las piernas temblorosas. Se abre la puerta de la biblioteca y
solo entra aire. Esta vez son los pelos de la nuca los que se paran y transpira
entre los muslos. Toma sus cosas y se va.”Ya es casi la hora de salida” piensa.
Baja por la escalera de mármol blanco y retira la mano cuando siente el frío de
la baranda. Ve la espalda del ordenanza que baja con las bandejas del café.
El
ritual se repite. Los estantes de la zona este son los que más repican. Mabel
ha preguntado a sus compañeros si les pasa algo extraño y parece que es a ella
a quien persiguen estos ecos. Esa mañana encuentra el café humeando sobre su
escritorio. ¿Quién lo trajo? La puerta se abre y nadie sale. Ni entra. Ya no
puede concentrarse en el trabajo. Cree escuchar unos pasos que se arrastran en
el pasillo. Se levanta y ,cuando mira a la estantería del fondo todos los
libros están desacomodados, algunos a punto de caer. Toma coraje, coloca la
escalera y, cuando los quiere acomodar
el repique es constante. ¡Casi como una sinfonía en sol mayor: toc…toc…toc…tic…toc!
Corre,
cuando dobla por el pasillo, choca con Pascual y vuelan las bandejas con las
lozas, las cucharitas, los papelitos de edulcorantes; las manos tratan de
recoger todo y se encuentran. Se
encuentran las manos y los ojos…Los ojos se enganchan ; se humedecen los de él,
se sorprenden los de ella. El temor de Pascual se confirma, se rompe la magia. Mabel
lo mira por primera vez y se pregunta,
“¿Por qué esos ojos le provocan incertidumbre y a la vez le recuerdan un mar
calmo?” Tienen esa serenidad que siempre buscó.
Pascual
se siente desnudo. Es como si la vejez se depositara en sus hombros. Las
arrugas se convierten en surcos amargos, los cabellos blancos en un manto
pesado de nieves eternas. Encorvado, arrastra sus pasos hacia la salida.
Al
día siguiente, Mabel va por el segundo fichero y desea con desesperación un
café. Se abre la puerta. Es un lector de la biblioteca que pide un libro y se
acomoda a leerlo. Ella mira su escritorio y el espacio vacío- donde suele estar
la tacita de café al alcance de su mano- la fastidia. Con desgano lleva la
escalera a los anaqueles del fondo para devolver los libros a sus lugares: los
de Genealogía, “¡qué pesados son!” -toc… La Ilíada- toc-. ”Hoy no hay eco,
menos mal”, piensa.
-Mabel, bajá por favor.
-¿Qué pasa?
-Vení, hay una colecta para
flores. ¿No te enteraste? El pobre Pascual, se bajó del colectivo y lo agarró
un auto. ¡Tantos años con nosotros, el pobre!
Maria Teresa Nannini
Publicado en la Antología ESCRIBIR ES UN SOMBRERO ROJO de la Biblioteca Arturo Torres.
Septiembre 2015