Suben las
voces de la calle; hoy se escucha un rock violento, ayer un bombo legüero:
contrastes de la peatonal cordobesa.
La ventana
de la biblioteca Arturo Torres deja entrar los sonidos y en un haz de luz
reverberan partículas de polvo dorado. Ellas danzan, se arremolinan, suben y
bajan. Mi mano se divierte en ese camino de luces y sombras. El olor, tan
particular de los libros viejos me envuelve y contribuye al sopor de mi mente.
Cruje el cuero del sillón destartalado cuando me arrellano en él. El atril con
el libro elegido recibe los últimos rayos del sol de la tarde. Bailotean las
letras y las lentes bajan por el tobogán de mi nariz…
La oscuridad
me sorprende. El libro está en el suelo, las lentes también. Un sudor frío comienza
a bajar por la columna, los pelos de los brazos se ponen alerta. «¡Se han
ido!»Desconozco las manos crispadas que toman el sillón. «¡Esto es miedo! »
Hace mucho que la adrenalina estaba desactivada en mí; por lo menos en
estas circunstancias. Voy hacia la puerta y, por supuesto, está cerrada.
estas circunstancias. Voy hacia la puerta y, por supuesto, está cerrada.
«La alarma
activada solo para el exterior, pienso, si no ya estaría sonando.»
Por la
ventana no suben sonidos. La ciudad duerme. En la esquina, una sombra que
parece humana, duerme bajo una montaña de frazadas rotas.
«Golpearé la
puerta, los guardias van a escuchar». Levanto el puño cerrado y desde el
estante a mi derecha, cae un libro. Miro; el corazón al galope no me deja
escuchar otros sonidos. Voy a tomarlo y una ráfaga helada me lo impide. Alguna
luz se filtra por la ventana pero no hay
aire en movimiento. ¡Está cerrada!
Quiero
llamar y las palabras no salen; quiero golpear y ahora caen varios libros de
los estantes. Las hojas pasan como en un celuloide cinematográfico. Imágenes
terribles se proyectan en los lomos de los libros; rostros crispados, ojos sin
órbitas, cráneos que estallan, disparos sordos. Cuerpos agónicos se retuercen
en los anaqueles.
Algo me dice
que debo cerrar el libro que vomita estas imágenes. Me arrastro y venciendo la
fuerza huracanada de sus páginas abiertas, lo cierro.
El titulo de
letras en relieve se distingue en la penumbra: “¡Nunca más!”
María Teresa Nannini

