martes, 1 de agosto de 2017

NARANJOS EN FLOR





La habitación está en penumbras. Los postigos entreabiertos dejan que el viento infle los visillos blancos. Entra una morena de delantal almidonado.
—Buen día, niña Clarita—dice, mientras abre un poco más la ventana—. Aspira  hondo y sigue: ¡Sienta mi niña, el rico perfume de los naranjos! Primero estos botones blancos y luego serán frutas maduras que la negra Eulalia hará dulce pa’ su boquita. Las cáscaras cortaditas irán pa’ los licores, la pulpa  pa’  mermelada, las semillas serán jaleas y el jugo fresquito pa’ sonrosar sus cachetes. Los picaré despacito y…
   ¡Calla negrita! ¡Deja de hablar sola!
   ¿Cómo sola? ¿Con usté’, mi niña!—dice Eulalia.
   ¡No te escucho! Estoy queriendo dormir. Me despertaste justo cuando el coronel detenía su caballo junto a mi ventana. Traía noticias del litoral.
   ¿De litoral? ¿Pa’ qué quiere saber lo que pasa allá? Con lo de aquí tenemos basta y sobra. ¿Se enteró que ya se están yendo los diputados? Parece que el Tucumán es poco, llevan todo pa’ los Guenos Aires. Después allá se olvidan de nuestros pesares. Se acuerdan del puerto, nomá’. La tierra y los enterrados son pa’ nosotros.
   ¡Sos rezongona negrita! —dice Clara—. Hablas sin saber. Nunca saliste de aquí y pareces una leguleya. ¡Ni sabrás que es un puerto!
   ¡Cuente usté’, niña Clarita!
   Lo vi de lejos, Eulalia. Es un lugar lleno de gritos, gente, carruajes y a distancia, esas naves que te hacen soñar con otros horizontes. Velas como alas de mariposas, maderos con olor a palo santo, marinos de uniformes coloridos y la brisa que te despeina y …
   ¡Esos la hacen soñar a usté’, los uniformes! Cuando ya esté sanita vamo’ a ir a
la plaza pa’ que vea pasar a los que vienen del norte. Aunque vengan derrotados, levantan la mirada y ni se les nota. ¡También estuvieron los Granaderos de San Martín! Esos sí que tienen garbo, mi niña.
   ¿Los viste Eulalia?
   ¡De lejos…! Pero tengo una historia, si me promete no contar a nadie. Venga, amita, sientesé que la peino.
 Este es el momento más lindo para la muchacha.  Cuando desenreda el pelo de Clarita porque recuerda a su negrita que murió de fiebres y vuelca la ternura en la niña.
—Ya te dije que no me digas amita. ¡Sos libre Eulalia!
   Bueno, mi niña, pero los amores encadenan  igual. No se enoje.
   ¡Contame, Eulalia!
   Primero un poco de agua ‘e rosas pa´ los rulos de la frente…gueno, le contaba…Una de estas tardes, cuando me dejan ir al río, algo cayó al agua y me salpicó. Era Tomás, mi moreno querendón, que me tiraba una piedra. ¡Ah!  Sus brazos fuertes, yo quería enredar los dedos en sus rulos…
   ¡Eulalia, mirá que sos pícara!
   Cierto, mi niña, ese no es el cuento—continuó Eulalia—. Perdone, me perdió el olor de los naranjos…Nos sentamos con el Tomás, agarrados de la mano, no se crea otra cosa,  aunque nos juimos recostando entre unas piedras, porque el sol pegaba juerte todavía. Tanto nos arrinconamos que casi quedamos escondidos. Y así estábamos, cuando escuchamos las pisadas de un caballo. Un granadero lo acercaba a beber. Se le movían los flecos dorados en los hombros, la chaqueta azul estaba desabrochada y tenía un brazo atado con algo. Los pantalones blancos tenían sangre. Los ojos estaban abiertos pero parecía que no veían…
   ¡¿Qué más?! ¿Cómo viste todo eso?
   Ya conoce a su negra, nada se le escapa—continuó Eulalia—. Cuando se bajó del caballo, tambaleó y se apoyó en las piedras. Ahí fue que nos animamos con el Tomás, acomodé mis polleras y nos arrimamos.
   ¡Mirá que sos pícara, negrita!
   El hombre estaba perdido. Tenía una herida en la frente que se la tapaba con la gorra. Quisimos llevarlo al cuartel, pero se negaba, el cristiano… ¿Y sabe qué, mi niña? Me di cuenta de que no eran heridas de guerra… Me acordé que esa noche su tío Gervasio había corrido a los tiros a gente que se escondía en los patios e’ la quinta. Su prima, la niña Mercedes, le había quitado el jusil pa’  que no siguiera disparando. ¿Se acuerda? ¡No cuente nada, mi niña! El soldado, cada tanto, sacaba un pañuelito y lo olía. Tenía poco aliento, pero lo hacía. ¡Ahí me di cuenta de todo! Y lo arriamos con el Tomás pa´ la casa del doctorcito Junes. Me parece que cuando el soldado recupere la memoria, ña´ Mercedes se va a poner contenta.
   ¡Mirá que sos pícara, negrita!
María Teresa Nannini 


Publicado en la Antología  "DOSCIENTOS PASOS", de la Biblioteca Dr. Arturo Torres  de la Legislatura de la Provincia de Córdoba. Diciembre de 2016




viernes, 27 de noviembre de 2015

CUANDO CIERRA LA BIBLIOTECA




Suben las voces de la calle; hoy se escucha un rock violento, ayer un bombo legüero: contrastes de la peatonal cordobesa.
La ventana de la biblioteca Arturo Torres deja entrar los sonidos y en un haz de luz reverberan partículas de polvo dorado. Ellas danzan, se arremolinan, suben y bajan. Mi mano se divierte en ese camino de luces y sombras. El olor, tan particular de los libros viejos me envuelve y contribuye al sopor de mi mente. Cruje el cuero del sillón destartalado cuando me arrellano en él. El atril con el libro elegido recibe los últimos rayos del sol de la tarde. Bailotean las letras y las lentes bajan por el tobogán de mi nariz…
La oscuridad me sorprende. El libro está en el suelo, las lentes también. Un sudor frío comienza a bajar por la columna, los pelos de los brazos se ponen alerta. «¡Se han ido!»Desconozco las manos crispadas que toman el sillón. «¡Esto es miedo! » Hace mucho que la adrenalina estaba desactivada en mí; por lo menos en
estas circunstancias. Voy hacia la puerta y, por supuesto, está cerrada.
«La alarma activada solo para el exterior, pienso, si no ya estaría sonando.»
Por la ventana no suben sonidos. La ciudad duerme. En la esquina, una sombra que parece humana, duerme bajo una montaña de frazadas rotas.
«Golpearé la puerta, los guardias van a escuchar». Levanto el puño cerrado y desde el estante a mi derecha, cae un libro. Miro; el corazón al galope no me deja escuchar otros sonidos. Voy a tomarlo y una ráfaga helada me lo impide. Alguna luz se filtra por la ventana  pero no hay aire en movimiento. ¡Está cerrada!
Quiero llamar y las palabras no salen; quiero golpear y ahora caen varios libros de los estantes. Las hojas pasan como en un celuloide cinematográfico. Imágenes terribles se proyectan en los lomos de los libros; rostros crispados, ojos sin órbitas, cráneos que estallan, disparos sordos. Cuerpos agónicos se retuercen en los anaqueles.
Algo me dice que debo cerrar el libro que vomita estas imágenes. Me arrastro y venciendo la fuerza huracanada de sus páginas abiertas, lo cierro.
El titulo de letras en relieve se distingue en la penumbra: “¡Nunca más!”

María Teresa Nannini


lunes, 12 de octubre de 2015

EL FANTASMA DE LA BIBLIOTECA




Pascual cruza la Plaza San Martín mientras la ciudad se despereza y se apagan las luces. Una penumbra suave dibuja el contorno de la Catedral. Aunque es temprano, arrastra los pies. ¡Son tantos los años que viene subiendo y bajando las escaleras de la Legislatura! El ascensor no es para los ordenanzas
Comenzó a los dieciocho años barriendo los pasillos, ascendió a limpiar el recinto. Allí conoció a muchos de los que dirigen los destinos de la gente. ¡Cuántos secretos guarda Pascual en su memoria! Cuando pasó a servir café, sus oídos hacían pantalla a los pactos y asociaciones. Su inteligencia innata le dijo que era mejor ser una tumba que ser recibido por una de ellas. Su discreción hizo fama en la Legislatura.
Sólo hay una debilidad, una fisura, en la vida de Pascual. Todas las mañanas, luego de su recorrida habitual, se acicala y sube a la biblioteca. Desde hace años le tiemblan las manos cuando empuja la puerta.
Se asoma y la ve. Es Mabel, inclinada sobre un libro, con los cabellos  cubriéndole el rostro. Pascual deposita sobre el escritorio, el cafecito más dulce, más aromático, más tibio que preparó en la mañana, y ella ni se entera. “El día que me mire se acabará la magia”, piensa y  sale silenciosamente, con un peso en el alma.
La bibliotecaria se levanta, toma el libro y lo lleva al estante, buscando que coincida el número de la estampilla que tiene en el lomo. Encuentra el espacio vacío y lo coloca con brusquedad. El libro choca en la madera del fondo con un ruido seco y le devuelven el mismo sonido: Toc…toc,toc.
Se le erizan los pelos del brazo, Mabel abre los ojos y no dice nada.”Si se enteran, me gastan” piensa. Coloca la escalera y comienza a acomodar libros en los anaqueles de arriba. Toma el Martín Fierro y lo coloca: toc…toc, toc. Toma Las mil y una noches y toc…toc, toc.
Baja las escaleras con las piernas temblorosas. Se abre la puerta de la biblioteca y solo entra aire. Esta vez son los pelos de la nuca los que se paran y transpira entre los muslos. Toma sus cosas y se va.”Ya es casi la hora de salida” piensa. Baja por la escalera de mármol blanco y retira la mano cuando siente el frío de la baranda. Ve la espalda del ordenanza que baja con las bandejas del café.

El ritual se repite. Los estantes de la zona este son los que más repican. Mabel ha preguntado a sus compañeros si les pasa algo extraño y parece que es a ella a quien persiguen estos ecos. Esa mañana encuentra el café humeando sobre su escritorio. ¿Quién lo trajo? La puerta se abre y nadie sale. Ni entra. Ya no puede concentrarse en el trabajo. Cree escuchar unos pasos que se arrastran en el pasillo. Se levanta y ,cuando mira a la estantería del fondo todos los libros están desacomodados, algunos a punto de caer. Toma coraje, coloca la escalera y,  cuando los quiere acomodar el repique es constante. ¡Casi como una sinfonía en sol mayor: toc…toc…toc…tic…toc!
Corre, cuando dobla por el pasillo, choca con Pascual y vuelan las bandejas con las lozas, las cucharitas, los papelitos de edulcorantes; las manos tratan de recoger todo  y se encuentran. Se encuentran las manos y los ojos…Los ojos se enganchan ; se humedecen los de él, se sorprenden los de ella. El temor de Pascual se confirma, se rompe la magia. Mabel  lo mira por primera vez y se pregunta, “¿Por qué esos ojos le provocan incertidumbre y a la vez le recuerdan un mar calmo?” Tienen esa serenidad que siempre buscó.
Pascual se siente desnudo. Es como si la vejez se depositara en sus hombros. Las arrugas se convierten en surcos amargos, los cabellos blancos en un manto pesado de nieves eternas. Encorvado, arrastra sus pasos hacia la salida.
Al día siguiente, Mabel va por el segundo fichero y desea con desesperación un café. Se abre la puerta. Es un lector de la biblioteca que pide un libro y se acomoda a leerlo. Ella mira su escritorio y el espacio vacío- donde suele estar la tacita de café al alcance de su mano- la fastidia. Con desgano lleva la escalera a los anaqueles del fondo para devolver los libros a sus lugares: los de Genealogía, “¡qué pesados son!” -toc… La Ilíada- toc-. ”Hoy no hay eco, menos mal”, piensa.

                 -Mabel, bajá por favor.
                 -¿Qué pasa?
                 -Vení, hay una colecta para flores. ¿No te enteraste? El pobre Pascual, se bajó del colectivo y lo agarró un auto. ¡Tantos años con nosotros, el pobre!


Maria Teresa Nannini

Publicado en la Antología ESCRIBIR ES UN SOMBRERO ROJO de la Biblioteca Arturo Torres.
Septiembre 2015

 

sábado, 19 de septiembre de 2015

PALABRAS





Otra mañana que comienza al mediodía. El olor acre de la habitación sale por debajo de la puerta. Cruje la cama y una especie de sombra somnolienta levanta las sábanas y se sienta. Los pies se enfrían en el entablonado. Caminan y patean bollos de papel que se amontonan en el piso.
«¿Esta persona  que te mira desde el espejo, sos vos, Rafael? ¡Ah qué aliento de perro! Estas bolsas bajo los ojos parecen de un marsupial. Otra noche así y no contás el cuento.»
Suena el celular.« ¡Ufa, es él»!
- Hola. ¡Sii! Tal vez mañana lo tenga. No te prometo nada. ¡Y bueno, no me pagués, qué carajo me importa! Corta.
 -¡Me tiene podrido!
Un café calentado y un pan seco es lo único que lo espera en la cocina. Desde la calle suben las notas de una propalación del pueblo. Todas las notas de un pentagrama cuartetero.
«Cómo para inspirarme con el tunga tunga. Querer volar con las palabras cuando no puedo salir de este abismo mediocre que es mi vida… ¿De qué me sirven los años de universidad cuando no puedo hilvanar una nota para este editorcito desdibujado? ¿A dónde quedó aquel Rafael que rodeaban en las tertulias? ¿Aquel juglar de la palabra fácil, de la risa explosiva, adónde fue?»
«Aquí se va con el primer alplax de la mañana y corre con el agua del inodoro. El color ámbar pálido, olor sui generis se lleva las palabras en este remolino turbio.»
«¿Cuándo fue que perdiste el sentido de la vida? Cuando ella se fue las horas comenzaron a arrastrarse en una calesita sin sortija.
¡Ella se llevó las palabras!»
«Sus ojos se llevaron las vocales, sus labios, las consonantes. Las pestañas cerraron los signos de interrogación, sus mejillas los paréntesis. En sus manos se  fueron las frases; sus caderas encerraron todas las metáforas. ¡Estoy vacío!»
Rafael abre la puerta, el sol lo enceguece, la música lo envuelve. Baja la escalera, una astilla del pasamano lo lastima y ni lo siente. En la calle, cree verla, apura el paso. 
Corre detrás de las palabras.