domingo, 26 de julio de 2015

VALLE DE GÖREME





Amanece. Siento los sonidos del viento. Desde la cima veo surgir la vida diaria. Humo de las chimeneas, batir de paños de colores aireados al sol. Rebaños calmos van a pastar. De las cuevas doradas salen a trabajar; los hombres a preparar la tierra, las mujeres y los niños van  al río. Cauce rojo de piedras como ensangrentadas. El sol se refleja en ellas.

            Camino hacia la iglesia a agradecer por el nuevo día. Inclinada, me sumerjo en esa cueva dedicada al Señor. Su imagen me recibe y alienta. Pienso en los que tallaron esa roca en su honor. Piedra áspera, decorada de signos que perduraran en el tiempo como testigos de los cristianos que aquí refugiamos nuestra fe. El Maestro, los Apóstoles y María, dan sentido a la vida. Enciendo las velas y veo su luz reverberar en la roca. Esta  que nos protege. Siento su frescura y dejo pasar las horas.

En un momento la tierra tiembla. Polvo, arena, gritos. 
— ¡Nos atacan! ¡A buscar refugio! dicen voces desesperadas.

Las temibles huestes de los sarracenos llegan a aniquilarnos. ¡Los niños, los animales, todos, corremos a las cuevas!

Vamos a los tropezones. Quiero cerrar la iglesia pero la roca es demasiado pesada para mis fuerzas. 
— ¡Señor protégenos! exclamo.

Todos corremos a las profundidades. Tratamos de salvarnos. Atravesamos pasadizos de cavernas porosas. ¡Hay cada vez más oscuridad! Las cuevas se sellan.

Una nueva vida de noche eterna nos espera en ese futuro incierto de la nueva fe.



           


María Teresa Nannini