La habitación
está en penumbras. Los postigos entreabiertos dejan que el viento infle los
visillos blancos. Entra una morena de delantal almidonado.
—Buen día,
niña Clarita—dice, mientras abre un poco más la ventana—. Aspira hondo y sigue: ¡Sienta mi niña, el rico
perfume de los naranjos! Primero estos botones blancos y luego serán frutas
maduras que la negra Eulalia hará dulce pa’ su boquita. Las cáscaras cortaditas
irán pa’ los licores, la pulpa pa’ mermelada, las semillas serán jaleas y el
jugo fresquito pa’ sonrosar sus cachetes. Los picaré despacito y…
—
¡Calla
negrita! ¡Deja de hablar sola!
—
¿Cómo
sola? ¿Con usté’, mi niña!—dice Eulalia.
—
¡No
te escucho! Estoy queriendo dormir. Me despertaste justo cuando el coronel
detenía su caballo junto a mi ventana. Traía noticias del litoral.
—
¿De
litoral? ¿Pa’ qué quiere saber lo que pasa allá? Con lo de aquí tenemos basta y
sobra. ¿Se enteró que ya se están yendo los diputados? Parece que el Tucumán es
poco, llevan todo pa’ los Guenos Aires. Después allá se olvidan de nuestros
pesares. Se acuerdan del puerto, nomá’. La tierra y los enterrados son pa’
nosotros.
—
¡Sos
rezongona negrita! —dice Clara—. Hablas sin saber. Nunca saliste de aquí y
pareces una leguleya. ¡Ni sabrás que es un puerto!
—
¡Cuente
usté’, niña Clarita!
—
Lo
vi de lejos, Eulalia. Es un lugar lleno de gritos, gente, carruajes y a
distancia, esas naves que te hacen soñar con otros horizontes. Velas como alas
de mariposas, maderos con olor a palo santo, marinos de uniformes coloridos y
la brisa que te despeina y …
—
¡Esos
la hacen soñar a usté’, los uniformes! Cuando ya esté sanita vamo’ a ir a
la plaza pa’ que vea pasar a los que
vienen del norte. Aunque vengan derrotados, levantan la mirada y ni se les
nota. ¡También estuvieron los Granaderos de San Martín! Esos sí que tienen
garbo, mi niña.
—
¿Los
viste Eulalia?
—
¡De
lejos…! Pero tengo una historia, si me promete no contar a nadie. Venga, amita,
sientesé que la peino.
Este es el momento más lindo para la
muchacha. Cuando desenreda el pelo de
Clarita porque recuerda a su negrita que murió de fiebres y vuelca la ternura
en la niña.
—Ya te dije
que no me digas amita. ¡Sos libre Eulalia!
—
Bueno,
mi niña, pero los amores encadenan igual.
No se enoje.
—
¡Contame,
Eulalia!
—
Primero
un poco de agua ‘e rosas pa´ los rulos de la frente…gueno, le contaba…Una de
estas tardes, cuando me dejan ir al río, algo cayó al agua y me salpicó. Era
Tomás, mi moreno querendón, que me tiraba una piedra. ¡Ah! Sus brazos fuertes, yo quería enredar los
dedos en sus rulos…
—
¡Eulalia,
mirá que sos pícara!
—
Cierto,
mi niña, ese no es el cuento—continuó Eulalia—. Perdone, me perdió el olor de
los naranjos…Nos sentamos con el Tomás, agarrados de la mano, no se crea otra
cosa, aunque nos juimos recostando entre
unas piedras, porque el sol pegaba juerte todavía. Tanto nos arrinconamos que
casi quedamos escondidos. Y así estábamos, cuando escuchamos las pisadas de un
caballo. Un granadero lo acercaba a beber. Se le movían los flecos dorados en
los hombros, la chaqueta azul estaba desabrochada y tenía un brazo atado con
algo. Los pantalones blancos tenían sangre. Los ojos estaban abiertos pero
parecía que no veían…
—
¡¿Qué
más?! ¿Cómo viste todo eso?
—
Ya
conoce a su negra, nada se le escapa—continuó Eulalia—. Cuando se bajó del
caballo, tambaleó y se apoyó en las piedras. Ahí fue que nos animamos con el
Tomás, acomodé mis polleras y nos arrimamos.
—
¡Mirá
que sos pícara, negrita!
—
El
hombre estaba perdido. Tenía una herida en la frente que se la tapaba con la
gorra. Quisimos llevarlo al cuartel, pero se negaba, el cristiano… ¿Y sabe qué,
mi niña? Me di cuenta de que no eran heridas de guerra… Me acordé que esa noche
su tío Gervasio había corrido a los tiros a gente que se escondía en los patios
e’ la quinta. Su prima, la niña Mercedes, le había quitado el jusil pa’ que no siguiera disparando. ¿Se acuerda? ¡No
cuente nada, mi niña! El soldado, cada tanto, sacaba un pañuelito y lo olía.
Tenía poco aliento, pero lo hacía. ¡Ahí me di cuenta de todo! Y lo arriamos con
el Tomás pa´ la casa del doctorcito Junes. Me parece que cuando el soldado
recupere la memoria, ña´ Mercedes se va a poner contenta.
—
¡Mirá
que sos pícara, negrita!
María Teresa Nannini
Publicado en la Antología "DOSCIENTOS PASOS", de la Biblioteca Dr. Arturo Torres de la Legislatura de la Provincia de Córdoba. Diciembre de 2016
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